Crecí entre cuentos de princesas y esa certeza infantil de que, si lo deseas con el corazón, los sueños realmente se cumplen. Pero nada me preparó para lo que vendría después. En 2019, dejé de imaginarlo para vivirlo: pisé el parque por primera vez junto a toda mi familia y, al ver el castillo, las lágrimas brotaron. Fue un nudo en la garganta que no pude (ni quise) evitar. Algo en mí cambió para siempre; no eran solo luces y castillos, era la sensación de que el tiempo se detenía y que la felicidad era tangible. Desde ese día, he vuelto muchas veces, y sigo llorando como la primera vez. Hoy, tengo el privilegio de transformar esa emoción en mi propósito de vida. Como agente certificada, pongo mi corazón en cada detalle para que las familia vivan su propio cuento de hadas. Sé que la magia es real porque la veo en cada sonrisa que ayudo a planear y en cada mensaje que recibo de mis viajeros. Porque Disney tiene ese "algo" especial... un asombro que nunca envejece y que, sin importar cuántas veces vuelvas, siempre te hace sentir que has regresado a casa.
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